lunes, 9 de octubre de 2017

Medio siglo sin el CHE

“Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”…Es el título de una película española, pero también una verdad lapidaria.

Somos en nuestra inmensa mayoría personas baladí en la inmensidad de la historia, que por más autoestima que seamos capaces de acumular durante nuestra vida, solamente alcanzaremos la meta del olvido. En pocos meses será como si nunca hubiésemos existido más allá del recuerdo en la memoria de nuestros familiares y amigos.
Ajeno a este destino se coloca un escaso ramillete de personalidades que han trascendido su propio periplo vital transformándose en mitos universales, que perduran y perdurarán por los siglos de los siglos en el imaginario colectivo de la humanidad. Alejandro Magno, Jesucristo, Nelson Mandela, el Che Guevara…Son algunos de los miembros de ese exclusivo club.

Hoy se cumplen 50 años del asesinato a sangre fría del comandante Guevara, a manos de la CIA en un remoto pueblo del abandono boliviano. El magnicidio se perpetró en la escuelita de La Higuera, provincia de Vallegrande.
Un 9 de octubre de 1967 fue ejecutado el hombre más completo y universal que alumbró el Siglo XX, a manos de un soldadito boliviano cumpliendo órdenes de los EEUU.
Su cadáver fue fotografiado y posteriormente sepultado en la cuneta de una pista de aterrizaje, donde permaneció “perdido” -en silencio- durante décadas.
No fue hasta el 6 de julio de 1997 cuando se localizó el cuerpo de Guevara, gracias al testimonio de un militar arrepentido que estaba presente durante el clandestino enterramiento, 30 años atrás.
Desde octubre de ese mismo año el comandante Ernesto Guevara de la Serna descansa en un mausoleo en la ciudad cubana de Santa Clara, bajo una enorme estatua de sí mismo en frío bronce, junto a 6 de sus guerrilleros. Entrar en la cripta es sobrecogedor porque se percibe con nitidez la asfixiante presión de un imposible…Enterrar bajo una lápida tan pequeña a alguien tan colosal y consecuente con sus actos, que nunca dejó de hacer lo que predicaba.
El imperialismo pensó que al ocultar sus restos silenciaría su figura y de ese modo se perdería para siempre su legado. No pudieron errar más el tiro. Lo querían oculto y está en todas partes.
La leyenda del guerrillero argentino se expandió por el mundo convirtiéndose en el faro que ilumina las desigualdades hasta en el más apartado rincón del planeta. La luz de cada causa justa. Un icono de rebeldía y dignidad que se hace presente en todo el orbe; desde las calles de la Palestina ocupada hasta las avenidas de Nueva York

Guevara es por derecho propio el “Mesías laico” del siglo XX. Un mito construido a sí mismo a base de trabajo, principios y entrega. Un hombre tan inmenso como alejado de cualquier vacua jactancia, que entregó la vida por defender un ideal de justicia social, de lucha contra las desigualdades, y que volcó todo su empeño personal en la expansión del socialismo desde la lucha revolucionaria, como la única manera efectiva que él entendía en el fin último de rescatar al ser humano de la explotación, la miseria y la injusticia.

Con sus luces y sus sombras, el mito de Ernesto Guevara transciende su cuerpo humano y su época. Sobrevuela por encima de filias y fobias, de verdades y mentiras, como el águila americana que altanera vigila selvas, páramos y aguazales. Como un “Cristo” al que rezar desde el fondo de una mina boliviana o desde la explotación laboral del latifundio agrícola brasilero. Porque le pese a quien le pese, el Che siempre será aquel hombre hecho de fuego y acero, que fue capaz de morir de pie antes que vivir siempre arrodillado.


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